Narrativa Medardo Urbina



LA   TAPIA  DEL CONVENTO.

                                                 
  Por Medardo Urbina Burgos

Sabino no era ningún santo, ni tampoco lo era el Padre Pérez, ni –menos aún-  la Inspectora General  del colegio, pero todos ellos, desde sus diversos  puntos de vista, tuvieron que ver  directa o indirectamente con los hechos acontecidos en esa noche de tormenta.

Sucede que la parte posterior del recinto del Convento Franciscano  del pueblo, estaba en aquel entonces, limitado por una alta tapia de madera, sobre la cual a veces saltábamos, encaramándonos con cierta dificultad, para ingresar al amplio patio, a jugar una “pichanguita”  de fútbol en las grises y aburridas tardes de los sábados. Esa pesada tapia, tenía mucho que ver en esta  historia.

El Padre Pérez – por otra parte, era un cura de gruesos anteojos, que nos hacía las clases de Religión en el colegio. Lo veíamos también en la misa del día domingo cuando-subido al púlpito, nos miraba por sobre los gruesos quevedos, con ojos severos, que siempre me recordaron a la  actitud de las aves de rapiña, poco antes de lanzarse sobre su víctima.

La Srta. Teresa – y no mencionaré el apellido para no establecer  claramente la identidad de  la misma-  era solterona. Alta y delgada, bonachona, recorría los pasillos del liceo con una abrigo largo, que nunca  abrochaba  a pesar de la lluvia que era frecuente y vigorosa en nuestra tierra  -alguien denominó a este país como “Chaparronia” por la cantidad de “chaparrones” que caían a diario-   Era una costumbre inveterada la de ella. Su imagen  -para nosotros, los alumnos- era la de una dama alta,  algo encorvada que a lentos trancos, recorría los pasillos del colegio, con las puntas de su abrigo casi rozando el suelo. Su presencia inspiraba temor, por la severidad de su mirada, sin embargo,  una vez entablada cierta conversación  y franqueza con ella, diríase que era una bellísima persona.

Pero Sabino no. Sabino era el mismísimo demonio: lenguaraz, risueño y juguetón, siempre pensando en alguna diablura. También era burlón y bueno para hacer trampas. Tendría  en ese tiempo unos 14 años.

La noche de los acontecimientos, Sabino  volvía a su casa con una camioneta Ford que había  birlado a su padre, mientras aquel no estaba en casa. Y volvía  de algún lugar impronunciable, poco más allá de la medianoche. A esas horas  no llovía ni había brisa alguna, y como en el pueblo aún no había alumbrado eléctrico, las calles eran  de una oscuridad absoluta, más aún por la ausencia de luna dada la ocurrencia de un espeso techo de nubes que generalmente cubría el archipiélago.

Sabino hizo ingresar  al garaje la camioneta de su padre, usando la reversa, entonces los focos del vehículo alumbraron la alta tapia del convento.  Fue en ese momento  cuando Sabino se dio cuenta de lo que sucedía. De inmediato identificó al Padre Pérez y a la Srta. Teresa, la Inspectora General, en entusiasta, intenso y colorido coloquio amoroso, aprovechando la oscuridad reinante en el pueblo. No ahondó más en el tema. Apagó las luces de su vehículo y –silbando- ingresó a su hogar con aire de “que no había visto nada”. Sin embargo, en su interior fue destejiendo la madeja y su imaginación dio rienda suelta a todo un laberinto de hechos y circunstancias que tenían como protagonistas al Padre Pérez y a la Inspectora  General del colegio.  Sabino –el malévolo Sabino- finalmente se durmió.

Esa noche, sin embargo, a eso de las tres de la mañana, se desató el temporal. Sobrevino la lluvia  arreciando sobre los techos de tejuelas de alerce de las casas del pueblo. El agua corría como ríos por las calles arrastrando todo tipo de objetos: palos, tarros, hojas de árboles, perros vagos, muletas de cojos desprevenidos,  chalecos olvidados, zapatos en desuso, sombreros arrastrados y aventados lejos por el viento, guaguas abandonadas a su suerte y otros objetos inútiles.  El viento soplaba de tal forma que parecía que los techos de las casas iban ya a desprenderse y a volar a la deriva cercenando el cuello de incautos transeúntes. Los cables de la electricidad silbaban al paso del ventarrón, y los árboles  perdieron aquella noche las hojas que les quedaban aún unidas por sus pecíolos  parduscos, vestigios de los últimos días del otoño.  Aquella funesta noche, los chirriantes letreros de los pecaminosos lenocinios del pueblo llamados  “El Farolito” y “El Danubio Azul” fueron derribados y hecho añicos en la estrepitosa caída. Estas “casas del mal, entuertos y cochinadas” eran las mismas situadas en ese entonces en los extremos suburbanos de la calle Los Carrera  casi al llegar a Gabriela Mistral. (Mire que situar los lenocinios  justo allí…sin respeto alguno por la poetisa nacional). En resumen, en aquella noche maldita se escuchó en toda su magnitud el asombroso ruido de la tormenta.  Sabino se durmió profundamente.

A la mañana siguiente, al salir de su casa, Sabino se dio cuenta que la tapia que cerraba los límites posteriores del convento, yacía en el suelo, completamente desprendida de sus pilares, sin duda por el ímpetu del temporal. Pero ¡no!, Sabino tenía ya tenía otra explicación.

Ese día  llegó al colegio muy sonriente, y antes de formar para ingresar a clases, reunió a todos los compañeros y les contó su versión de los hechos, que fue más o menos la siguiente:

…”Ayer, al regresar a mi casa pasadas  las 12  de la noche, ví con mis propios ojos al Padre Pérez  abrazado con la Srta. Teresa, con tanto entusiasmo y calor, que no se dieron cuenta de mi presencia y tan intenso sería ese encuentro amoroso, que con el ímpetu  echaron abajo la tapia del convento”.

Recuerdo aún  a la enorme distancia que me separa de aquel tiempo, la feroz carcajada que se escuchó ese día en todo el colegio y el corridillo que siguió después, no terminó sino pasadas varias semanas.

Corolario: “Sabino no era un santo…

EL ENGANCHE (En Santa Juana) 1879.
                                                                     Por Medardo Urbina Burgos


      -¡BOM – BOROBOM…BOROBOM …BOM…BOM!

Aquella  tarde, algo pasado el mediodía, los humildes campesinos de los alrededores del pueblo, escucharon, asombrados primero y alegres después, los sones de una banda. Nunca antes habían oído los sonidos más hermosos y melodiosos en toda su vida de labriegos. Era 1879, el mes de marzo, y en aquellas tierras  del Valle de Huallerehue, a orillas del río Bio-Bío, nunca sucedía nada interesante, sino sólo el trabajo de la tierra, las siembras y las cosechas, la cría de algunos animales  y unas pocas gallinas, pavos y patos con qué entretenerse en los inviernos.

Los sones maravillosos procedían desde la orilla del río, y gradualmente se iban acercando al valle en clara señal de aproximación. ¿Qué sería? ¿De qué se tratará esta música celestial?  La música, que  en rítmicos compases, traía sonidos de trompetas, de tambores ,bombos y platillos, guaripola, pitos y cajas, fue  volando por los cielos del valle acaparando la atención de los humildes labriegos, quienes –muy sorprendidos por esta extraña aparición- se fueron visitando unos a otros y dándose ánimos decidieron ir al pueblo a “noticiarse” del acontecimiento.  En efecto, los sones no cesaron en toda la tarde y procedían de la plaza del pueblo, lugarejo insignificante, provisto de sólo unas cuantas manzanas con casas aisladas y grandes sitios eriazos, dispuestos alrededor de la  iglesia, construida con bloques de adobe y techos de tejas de barro, como la mayoría de las casas de los alrededores. A media tarde había en el pueblo docenas de carretas y centenares de lugareños  montados sobre sus cabalgaduras, que –curiosos- habían traído a sus familias completas. Un número cuantioso y cada vez mayor de hombres, mujeres y niños venían al pueblo a escuchar y a ver con sus propios ojos esta maravilla de una música jamás escuchada.  Los hombres, en su ingenuidad y pureza de pensamientos, nunca pensaron que se trataba de una trampa.

Sin que nadie supiera,  se estaba desarrollando en el Norte de Chile, en los límites con el territorio en ese entonces perteneciente a Bolivia  y a Perú, el motivo mismo de la  guerra de l879, y estando nuestro país, en  deplorables condiciones de organización  y prácticamente sin ejército  alguno, se ordenó que los pocos miembros de la Guardia Nacional  partieran en todas direcciones a enrolar a cuanto chileno encuentren en edad de portar armas. No importaba el método utilizado, pero debían traer a  la capital al máximo número de reclutas para su entrenamiento en el uso y manejo de  las armas.  Así, unos  decidieron rodear las haciendas durante la noche y apresar a punta de bayoneta y culatazos a cuanto inquilino, gañán, labriego, apir  o hacendado estuviera al alcance de la bala de un fusil. Muchos usaron el método violento y traídos como animales o prisioneros a pan y agua, fueron subidos a los barcos anclados en la rada de Talcahuano. No fue infrecuente que en los pueblos menores,  algún capitán  inventara una suerte de fiesta con abundante vino de la uva recién cosechada, atrayendo así a los incautos y una vez que todos estuvieran sumamente ebrios, los arrearan como a animales hasta los barcos. Los ebrios iban felices, cantando alegremente  sin saber qué era lo que estaba sucediendo. La sorpresa  venía al día siguiente, al despuntar el alba, cuando se daban cuenta que iban navegando hacia el norte de Chile o hacia Perú convertidos en un abrir y cerrar de ojos en “soldador del ejército de Chile”. Sus familias, hijos y esposa, sus amores, sus queridas, sus pololas, sus novias, pertenecían ya al pasado y ahora debían entregar sus vidas por los nobles destinos de “la patria”, aquella patrona que nunca habían visto, pero que sonaba lindo pronunciar: “la patria”.

En efecto, mientras todos escuchaban a esta hermosa banda, boquiabiertos y embelezados, aplaudiendo  y algunos gritando a rabiar, otros agitando banderitas tricolores y aplaudiendo  por la alegría desbordante del momento,  unos señores  desconocidos  se acercaban a cada hombre en edad de portar armas, lo transportaban  amablemente hacia un recinto cercano, en el que se les comunicaba que  desde ese momento él tenía el honor de pertenecer al  Ejército de Chile y que desde ese mismo instante pasaría a reclusión para entrenamiento. La ley era clara: a todo el que se resistiera al enganche, se le fusilaría en el acto.  Ninguna explicación, súplica o argumento sirvieron de cosa alguna para evitar que cada hombre cambiara tan radicalmente el destino de sus respectivas vidas. Ni ser el único sustento de la familia, ni estar recién casado, ni tener una enfermedad incurable,  ni ser cojo o ciego de un ojo, o sufrir de ataques  de epilepsia o del Baile de San Vito, o cosa que se le parezca. ¡NO!. Nada servía. ¡Todos a formar! ¡Todos  sin excepción alguna! Había dicho el capitán.

La banda continuó tocando marchas, cuecas y todo tipo de ritmos populares acaparando el interés de las mujeres que eran las únicas presentes en  torno a la orquesta de bellos sones.  Tras ellas, por calles y senderos ocultos, los hombres eran  conducidos a los botes que a punta de remos atravesaron el río hasta alcanzar  el tren que corría  en la ribera opuesta. Se llenaron los carros y el tren partió, dando un pitazo prolongado de despedida. Partió rumbo a Talcahuano, donde esperaban los buques de la naciente Armada de Chile. Los últimos en subir al tren fueron los músicos de la banda. En el otro lado del río, las mujeres y los niños acaso se dieron cuenta de la ausencia del padre y del hermano mayor,  embelezados aún por los bellos sones de la banda…

¡BOM…BOM…BOM!    ¡BOM  BOROBOM     BOM…BOM ¡(*)




(*)  La historia dice “No todos los enganches eran tan crueles. En Santa Juana  arribaron con una banda cuya dulce música –esperaban-  atraería a los rotos  a la plaza, donde esperaban cosecharlos”. “En Santa Juana, el subdelegado y el Jefe de la Guardia Cívica, se pusieron de acuerdo para avisarles a los hombres del pueblo, cuando llegaran enganchadores, mientras que en Coronel, se cuenta la hazaña de un tal señor Apolonio que fue de casa en casa urgiendo a los hombres a escapar a las montañas. Así, cuando los reclutadores llegaron, descubrieron que en todo el pueblo había sólo cinco varones, y a todos les faltaba un miembro, un brazo, una pierna o un ojo”
                                           
   


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