Narrativa de Juan Pablo Cifuentes

LOS DIMINUTOS HOMBRES.

Juan Pablo Cifuentes.

 
La respiración es cada vez más acelerada. Parece que los pulmones se le van a salir por la boca. Todo es oscuridad. Los recuerdos retornan. Está botado el muchacho en el suelo de la sala de clases, la misma sala de clases de ayer, esa, la de la tortura, la del sufrimiento. Otra vez lo mismo. Golpean su rostro, golpean su cuerpo, nadie lo defiende, todos miran, otros ríen, otros miran hacia afuera. El recreo parece no terminar nunca. Siempre lo mismo. Un incomprendido. Nunca supo cuando comenzó la decadencia de su imagen. Solo fue de un día para otro. Así de simple. El Rulo se le metió entre ceja y ceja. Como mueve montañas, como todo el mundo le obedece, nadie defiende a ese muchacho.

Una compañera no se atreve a entrar a la sala. Mira atentamente como golpean al muchacho, el mismo muchacho que le envía cartas de amor, el mismo que le regaló un perfume francés para su cumpleaños, el mismo que en cada recreo o cuando se le ocurra al Rulo lo azotan cruelmente. Esta vez fue físicamente. A veces son psicológicas las torturas. Mensajes de muerte, amenazas, golpes, coscachos, empujones, insultos, son el pan de cada día de este muchacho. Tiene un ojo negro. Tal vez el corazón sea de la misma tonalidad.

Está en el suelo inconsciente.  Ningún compañero le ayuda.

La respiración es cada vez más agitada. Hay un rostro ensangrentado. Como puede, trata de arreglar su ropa, no pueden verlo en esa condición. El profesor de Ciencias es un poco retraído, aquí todos le temen al Rulo, incluso el profesor Araneda. El muchacho lo sabe, está sentado en una esquina de la sala de clases. El Rulo conversa con todo el mundo, como si nada ocurriera. Nadie le dice nada. El muchacho no existe. A duras penas se levanta y va a su puesto. Mira por la ventana, un cielo nublado.  Cierra sus ojos. Todo es oscuridad. Se escuchan disparos, disparos, disparos en su mente.

Abre la puerta de la sala de clases. Todos conversan. Parece que el mundo se detiene. Avanza lentamente, puede ver todo lo que le rodea, las caras felices de unas compañeras, otros que duermen, otros que conversan animadamente, el Rulo que molesta a unas sabelotodos-sabelonada, la muchacha de las cartas que lee un libro, el profesor que escribe en la pizarra teoremas de pitágoras, números, cálculos matemáticos, en fin, en fin, todo gira alrededor suyo extremadamente lento. Cada paso que da rumbo a su asiento es un año que transcurre, siglos, milenios, años luz, infinitos, universos paralelos.

El profesor continúa con su clase, que el álgebra aquí, que la geometría acá, que la aritmética acullá. El muchacho no obedecía el ritmo de la clase. Estaba más preocupado de sus propios asuntos. El Rulo se levantó disimuladamente de su banco y se acerca al puesto de ese muchacho. Le brinda un fuerte golpe en la nuca y un puño traicionero golpea el costado derecho del muchacho quien obedece al ritmo de su dolor y contorsiona su cuerpo, por unos instantes hubo claridad sobre los jeroglíficos de ese cuaderno. Eran unos dibujos, dibujos satánicos, dibujos que ofrecen pesadillas por las noches. Estaban todos, incluyendo al profesor, todos en el suelo de la sala. Muertos, ensangrentados, adornados con blasfemas, garabatos, anomalías, destrucciones. Fue una fracción de segundos. La muchacha miró de reojo al pobre adolorido, pero tuvo miedo del Rulo, el profesor nunca se enteró de lo que sucedió, y si lo hizo fue un ciego, sordo, mudo, paralítico y un cobarde. No alcanzó ni a escribir otros garabatos en su cuaderno cuando recibió un mensaje anónimo. Un papel mal doblado llegó a su puesto, ni siquiera yo supe de donde provenía. Miró para todos los lados, nadie se adjudicó dicho mensaje. Abrió el papel, el mensaje era claro: “Vamos a matar a tu familia maricón”. Eso sí que se vio claramente, las letras eran grandes y las manos del muchacho temblaron de tal modo que no pudo cerrar ese papel y se observó con lujo de detalle su contenido. El día está nublado.

La muchacha abre la puerta. El cuerpo está inconsciente en el suelo. El Rulo y sus secuaces lo dejaron casi muerto. Golpea su rostro, poco a poco reacciona el muchacho. Como puede se sienta en el suelo, la muchacha se levanta y va a su asiento, el recreo está por terminar.

En su asiento, el muchacho mira por la ventana, el cansancio del día lo tiene extenuado. Cierra sus ojos. Rápidamente un sueño se apodera de su realidad. Va por el bosque, corre, libremente, está feliz, los árboles a su alrededor lo miran, intentan unas ramas golpearle, pero él esquiva los golpes, cada vez está más desesperado, nervioso, agitado, siente que alguna rama le golpea, cada vez más fuerte, cada vez más agudo, un dolor intenso. Abre sus ojos, solo ve un par de zapatos que golpean su estómago, fue consciente unos segundos antes de caer otra vez en el sueño, esta vez, todo se fue a negro.

El muchacho estaba sentado en un banco del patio del colegio, ya el día escolar había acabado. Leía concentradamente unas hojas. Todo parecía normal. Pero el Rulo no paraba de perseguir a su presa. Se acercaron, todos, todos se acercaron rumbo a ese asiento maldito. El muchacho no advirtió semejante presencia. Qué estaría leyendo, nunca se supo. El Rulo de una ráfaga tomó los apuntes que leía el muchacho y se los arrebató. No tardó en despedazarlos, hacer picadillo de apuntes, el muchacho no hizo nada, tampoco cuando el Rulo le tiró los pedacitos de papel a su rostro y escupió su casaca. La muchacha miró todo desde el fondo del grupo. El Rulo terminó su labor de dominancia y se fue del epicentro del crimen, todos le acompañaron, el muchacho inpávido, no daba señales de vida, la muchacha dudó unos instantes, pero huyó rumbo a los brazos de Rulo quien la abrazó fuertemente y se alejaron de ese lugar. El día está nublado. Algo ha cambiado, el rostro del muchacho, hay una mirada distinta, amenazante, perdida, una sonrisa siniestra, pero no se  advierte nada, quizás fue producto de la imaginación.

No ha llegado a clases, tres días, cuatro, cinco, una semana, un mes, el muchacho no volvió nunca más a la sala de clases. El Rulo, como buen cazador, encontró a otra presa, otro muchacho sufre de los síntomas del anterior. Los recreos infernales continúan.

La clase de Ciencias. El profesor Araneda que habla y habla. Pocos ponen atención. De improviso, violentamente, alguien abre la puerta, era él. El muchacho. Cierra la puerta y permanece de pie en la sala. El Rulo y sus secuaces se asustaron, se miraban entre ellos, la muchacha tiritaba nerviosamente. El profesor Araneda se percató de la llegada del muchacho y fue hacia la puerta. El muchacho lo miró fijamente a los ojos y dijo con esa voz que todavía revolotea por mi mente: “Permiso profesor”. De inmediato, bruscamente, desesperadamente, instintivamente, sacó un revólver de su bolsillo y apuntó rumbo a la sala. Ojos cerrados, todo se convirtió en tinieblas. Una ráfaga de disparos. Gritos, después un largo silencio, una respiración agitada, muy agitada, explosivamente agitada, se abrieron los ojos con temor. El muchacho con el revólver en su mano apuntando hacia la sala, respiraba agitadamente. Los cuerpos del Rulo, sus secuaces y la muchacha  estaban en el suelo, ensangrentados. El piso se tornaba rojo, la luz era roja, olor a muerte, sabor a muerte, todo eso en una fracción de segundos, la imagen dantesca fue superior a cualquier curiosidad, nuevamente los ojos se cerraron y la promesa de no abrirse hasta que la muerte  alcanzara o Dios se apiadara de esta sala. Todo fue oscuridad, el tiempo se paralizó y abundaron las tinieblas.


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