Narrativa de Ingrid Odgers

 

INGRID ODGERS

 

TOCADO

 

La noche zumba con violencia. El viento refriega los oídos y los cristales lanzan aullidos. Una llama indefinible envuelve la primavera. Juan no puede resistir el impulso de abrir la ventana y gritar como un energúmeno. Está poseído por la rabia. Tiene una carta en la mano, un papel arrugado envuelto por cuatro dedos enrojecidos. Grita otra vez, y alega con imperceptibles palabrotas por ese ruido ensordecedor que viene desde la cancha de tierra de su barrio popular. Sí, porque Juan pertenece al segmento ese que los expertos economistas denominan D3, vive en un barrio invadido de canes o quiltros. Ironías. Alguna vez la máquina del tiempo lo llevó al planeta de los ideales realizados, tocar su música. Alguna vez sus sueños emprendieron vuelo, estuvo en gigantescos eventos y participó en actividades artísticas nacionales. Pero la vida tiene vueltas, como los cambios de las estaciones de este año. Incomprensibles. Juan vuelve a gritar con mayor fuerza, el papel parece desaparecer de su mano izquierda, los vecinos de los pisos bajos lo hacen callar. El rostro de Juan está rojo. Arde. Arde con la furia del viento, como el golpe violento de un rostro invisible tras el cristal sucio de polvo y sueños corroídos. .Antonieta subió corriendo las escaleras del block blanco y rojizo, ignora qué le sucede a su amigo Juan, en la semioscuridad de los escalones, casi tropieza con la reja color verde. Escuchó a Juan gritar de nuevo, llegó a la puerta de entrada, ¡Cállate, por favor! dijo con voz suave, los vecinos están enojados, subirán, te trataran mal, harán que te quiten el departamento. Cálmate Juan o no tendrás donde vivir, suplicó esta vez pálida y trémula. Él la miró con los ojos entrecerrados, lentamente moduló estoy en mi casa, soy libre como el viento y puedo gritar cuantas veces quiera y dio unos pasos hacia ella, y puedo hacer lo que me de la gana con el viento, la ventana y los turbios mensajes que recibo por Chileexpress. Su rostro era amenazador y arrastraba las palabras mientras mantenía el papel prisionero de sus dedos firmes, largos. La violencia se había vestido de duendes deformes y dislocados bajando del techo al piso reluciente o emergiendo del piso y los muros en una carrera maniática, la jadeante respiración de Juan y sus pequeños acompañantes teñía de carmesí el espacio cuadrado de la sala de estar. Soy un artista le dijo y mira lo que me ha llegado de la Sociedad del Arte Musical Contemporáneo. María Antonieta no alcanzó a leer, él le dijo me han vetado para actuar en la primer, tercera, quinta, sexta, novena y décima región. Estos malditos lo lograron, dijo con la voz temblorosa por la angustia y el desencanto. Era un artista reconocido, pero el destino o la neblina impredecible del azar, ambos descompuestos por el tráfico de influencias y el típico chaqueteo del ambiente artístico nacional, lo habían vetado. Estaba casi en la miseria, el papel escueto, refrendaba el hecho. Juan podía gritar pero ya no tenía espacio para practicar su pasión: la música. Peor aún, estaba impedido de trabajar. Los escenarios se escabulleron de su arte por un simple papel cargado de embustes, envidia y odio. María Antonieta le arrancó la carta de la mano, la hizo mil pedazos y corrió a lanzar los fragmentos blancos junto al silbido atronador del viento primaveral. Los papeles volaron hacia la cancha de tierra. Uno que otro quedó bajo las patas de algunos tiñosos quiltros. María Antonieta le dijo seria: tendrás que buscar trabajo, Juan se fue al rincón donde estaba su sillón predilecto, movió la cabeza, levantó las manos y rió como un loco. María Antonieta escuchó unas palabrotas desde la vereda y cerró de un golpe la ventana, Observó como los duendes rodeaban a Juan. El hálito del terror se había esfumado con las carcajadas, los duendes se convirtieron en espectros vestidos de dorados trajes, de cabelleras rojizas con manchones azules, desplegaban amables sonrisas como si estuvieran ante un público invisible en tanto sus minúsculas manos acariciaban la rubia y larga cabellera de su amigo. Juan había abandonado las carcajadas, sonreía plácido, con las manos cruzadas al pecho. Los pequeños pies de los espectros danzaban a su alrededor. Ella avanzó hacia la puerta. El viento de la noche zumbaba en los oídos. Definitivamente, no podía comprender a Juan.

 

 

Círculo

 

Había un círculo sobre su cabeza. Lo podía ver en el espejo. Su rostro desmadejado lucía pálido. No se había afeitado en semanas. Cerró los ojos y pasó las manos por su nuca. Se observó de nuevo en el espejo. El círculo persistía. Intentó borrarlo con ambas manos, agitadas, frenéticas. Se encontró una espinilla en la nariz. Era pequeña y roja, empezó a pellizcársela. Una gota de sangre manchó su piel. La secó con un pedazo de papel. Se lavó la cara. Se miró en el espejo. El círculo negro como un alambre seguía allí. Intentó de nuevo eliminarlo. Se restregó los ojos, por si era parte de una visión desquiciada, una fantasía. Pasó la toalla por su nuca. Uno de sus dedos cayó al lavamanos. Dio un respingo. Tocó su mano con cuatro dedos, el índice había desaparecido. Se sintió sorprendido. Es increíble como se puede cambiar de un rato para otro. Tenía un círculo dando vueltas sobre la cabeza y había perdido uno de sus dedos. Respiró hondo. ¿Qué cresta pasaba? Un estremecimiento lo sobrecogió. Su mano no tenía sangre y ese majadero anillo oscilando como colgado del techo, lo miraba amenazante. Iba a dejar la toalla en la barra y se percató que su ojo, uno de sus ojos se había enredado en ella. Tuvo ganas de llorar. O de gritar. Pero su madre estaba al otro lado y no deseaba asustarla. Se miró al espejo. Ahora estaba con el círculo, sin un dedo y sin un ojo. Podía ver el agujero. No había rastros de sangre. Intentó de nuevo derribar ese anillo idiota. Miró hacia el lavamanos su dedo estaba allí atrapado en la rendija. No quiso tomarlo. Su ojo en la toalla. Estaba asustado. Ese círculo solo le había traído malas consecuencias, el dedo, el ojo. ¿Qué haría? Se sentó en la taza del baño. Empezó a recordar cómo había llegado hasta allí. Estaba a punto de un ataque de nervios. Miró el ojo en la toalla. Un sudor frío lo recorrió. De pronto cuando estaba sumido en olas de agua turbia que salían de las paredes blancas y rebosaban el cuarto de baño escuchó una voz que le decía: ¡Despierta Pablo!, mira que el desayuno se te enfría. Se levantó de un salto de la cama. Se precipitó hacia el espejo que estaba en su cuarto, el círculo persistía. El dedo se había convertido en una llama que brillaba al fondo de la cuenca de su ojo.

 


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