Narrativa de Andros

WOOFER

 

y no es que no me gustara. A decir verdad, sí quería estar ahí, entre el vaho sudado y algún olor mezclado entre cerveza y borgoña, entre chicle y cigarro. Resultaba erizante la espera, la sola expectativa generada por la mixtura: ceniceros trizados, vasos olvidados por el copero de turno, adolescentes palpitantes que pululaban entre los autos de sus padres y la pista, y el segundo nivel y la ancha sala VIP y todo. Ancha, como las caderas de la madre tierra, capaz de acoger a mil más de los que ya había.

 

Pero yo, en mi locuaz mutismo de siempre, sumergido en la guardarropía, pensaba en los misterios de las carteras y chaquetas que se me habían encomendado. Nadie más que yo podía saber que era yo mismo el riesgo.

 

Era domingo por la tarde. Rockola. Ese émulo de viernes o sábado que se les da a los menores de 18 como premio de consuelo por buscar algo de acción. Los más avezados (o los más suertudos) terminarían en alguna casa ajena, chorreados de birra o de piscola o de yogur. Sí, de yogur, a veces aparece de lo más impensadamente, entre afiches de Smashing Pumpkins y poleras del Ché. Da lo mismo que la gran camada noventera no sepa mucho quiénes son, si se es hábil en la attitude.

 

Pero la guardarropía y yo. Y un trillón de watts de potencia a mi lado. Y me dejan ahí, a la hora en que la electrónica comienza a dar paso al flamenco-chill. ¿Qué querían que hiciera? Omitir esa percusión cardíaca comenzaba a estar bien lejos de mis capacidades (con dos noches encima resultaba difícil no adormecerse)...

Tum, tum

Tum, tum

Tum, tum

Miro y no hay nadie. Ni cabros ni jefe ni barwoman ni copero ni guardia ni nada. Ni copas ni disco ni parlantes ni guardarropas ni carteras misteriosas ni ninguna pinche cosa. Sólo el olor, el beat y algo que parezco ser yo, tatuado, casi maya. Y árboles donde hasta hace cinco minutos había una pantalla gigante y un montículo donde sólo había culos. Fuck, Cortázar algo me había dicho, pero me obligué a asumirlo como un cuento. A vivir la "realidad" y buscarme esta (esa) pega...

Lo extraño es que no me resulta extraño.

Lo desconcertante es que no desconcierta tanto.

Veamos, mi nombre es...

 

OFF

 

/ Sensi / Dermo... duermo / Exo sexo, extro-entro-extro esso / Saxo / Sensa. Plot, drop, fluuuhhh. Tsssaaassshhh. Gota / Go-Ta / En el inicio fumar era un verbo, y el verbo era con vos, y fumar era dos / Sí, bebé, claro que recuerdo a Chet Baker y My Funny Valentine, pero take it slowly que me duele, ¿eh?... hace demasiado tiempo que no fumamos, así, en un suburbio tan under, tan oxidado (parece mentira que aún haya xaxis que traigan hasta aquí).

¿Bradbury, dices, así sin más ni más? Hummm, puede ser. Admite al menos que una novela sci-fi no suena de buenas a primeras como "sexual". Al menos no propiamente, los hay más para quienes será inquietante, o al menos interesante (doh!). Chet Baker es más obvio, aunque no lo sea tanto que nos brote desde celdas biomecánicas. Je. Pero suena bien, y excita, bebé, lo dije. Fuma y mejor no digas nada tú que no es necesario, mira.

¿Entrar ahí? Ná, ¿para qué?. El sexo (incluso nuestro sexo) se va cuando Morfeo llega. Mejor quédate un rato más conmigo "aquí". ¿Las comillas? Tú sabes por qué, no me hagas pensar hoy. Y no leas, bebé, please. Haz como si te hablara, como que oímos, como cuando no te conocía a ti ni a este mojado callejón tan jodidamente perfecto, tan... ¿personalizado dices? zado dices? dices? Pues eso, tan personalizado. Haz como que estamos aquí.

¿Deckard? Dicen que sí, que era. No quisiera hablar de él ahora, nena. Aunque yo creo que, rebelde y todo, lo intuía. Tú sabes, Edward James Olmos, el unicornio y todo eso. nio y todo eso. nio y todo eso. Metido. Mentido. Muérdemela.

Y claro que los verbos son los que complican todo. Sí, también hacen que todo funcione, aciertas de nuevo. uevo. evo. Fúmame. ¿Dices que 24 horas desde que dije "fúmame"? ¿Y qué hiciste mientras tanto tiempo? Mala, me miraste estos ojos inertes como si hubiera muerto... y tanto rato, bebé, como si me amaras. Como si no me amaras. Si no fuera casi gracioso sería casi macabro.

O.K., entremos ahí. Tú ganas, yo no me quejo. Pero, ahora te lo digo, sólo nos quedan treinta minutos, desprogramé las cargas de ambos (nos desactivaremos, calculo, en pleno orgasmo). O puedes tú partir ahora mismo, acaso llegues a tiempo a la base. Yo me quedo, es una linda noche para terminar toda esta nostalgia. Porque la nostalgia sólo debiera ser cosa de humanos.

Y es que yo sabía que volver a fumar contigo, aquí, me haría daño. ¿Entonces?

 

BONANZA

 

No está seguro de si es una casa o un vehículo, porque desde su ventana puede entender que va moviéndose en medio de un fiero temporal de agua y viento. Lo cierto es que ver, quince metros a su derecha, a una madre y su hijo bajo el chapuzón contrasta curiosa y enrarecidamente con el cálido programa de TV que sigue encendido en lo que parece ser su habitación. Y por alguna razón (¿precaución? ¿miedo?), no logra abrir la puerta para ofrecer transporte.

Ahora es una bala. Es decir, es el vacío que precede al aire, la distancia que llena justo una pulgada entre el cuerpo de una bala y la nada. Y se dirige a seiscientos metros por segundo directo al cuerpo de alguien. Aún ni lo divisa. Ya lo divisa. Ya lo ve en detalle. Ya comienza a atravesarlo. Ya pasa de él. Ya deja atrás el cadáver que cae. Ya cae él mismo. El, una bala.

 

No entiende. No puede ser primero un hombre en una casa rodante y luego una bala. Nadie es una bala luego de ser un hombre en la tempestad. Es ilógico. Las balas son de plomo y los hombres de carne y sangre y huesos y pensamientos…

 

Eso, debe ser un sueño. ¡Un sueño! ¡Y de los sueños se despierta, se sale!
Hay que salir de este sueño luminoso. No hay nada peor que tener miedo de día, porque no hay amanecer que esperar. Es decir, de noche se espera que amanezca para sentir el alivio, la posibilidad de ver más gente, hablar del clima, de lo cara que está la bencina… De día no hay nada que esperar, y si es un sueño, había sol arriba de esas nubes obesas…

 

Ahora está en un colegio, o un instituto. Es raro, conoce a la profesora. Le hizo clases de dibujo alguna vez. Lo extraño es que antes era flaca y de pelo negro y lejana. Ahora es pelirroja y amena y gruesa y coqueta. Y su cara no se parece en nada a la cara que tenía antes. Así que pide permiso para ir al baño.

Mientras orina, reflexiona acerca de las caras y las profesoras de dibujo, que son tan extrañas y cambian tanto. Hay sin duda demasiada luz en este baño, que se ve muy higiénico y muy vacío para ser período de clases.

Sinceramente, no busca el papel. Siente el escalofrío de siempre y procede a sacudir su humanidad con cariño. Sí, good boy. "Eres como mi chaqueta vieja, hemos compartido tanto"…
Ya frente al espejo, se moja la cara y se despeina los cabellos de sobre la frente con cuidado. Con cuidado de que parezca natural. Siempre ha tenido en cuenta que… ( UH, QUE FUE ESO )

Un hielo quebrado le recorre el espinazo. ¿Pero miedo por qué? Hay tanta luz, hay gente, ¡debo volver a la sala! Ahí están todos y está la profesora coqueta y la bala y la casa rodante y el cálido programa de TV en que Steve Green canta a dúo con Michael Bolton… ¡Si este baño es tan luminoso! ¡No hay penumbra con esta luz que tiñe todo de azul verdoso! ¡No habrá siquiera arañas nocturnas que salgan a cazar porque esta luz no cesa! ¿¿Miedo por qué??

Entonces se dispara en veloz regreso desde el baño hacia los lápices y los compañeros y la pelirroja y acogedora gorda. Parece ir en una bicicleta de aire, no mira atrás, no quiere saber qué había ahí, sólo corre entre la cardíaca estampida de latidos. Sólo corre para hablar del precio de la bencina con sus compañeros de clase… ¡Era un sueño un sueño un sueño! ¿¿Y qué importa si era un sueño?? Sólo corre sigue corriendo era tan real como la luz tan real todo tan real… Sólo corre aunque tengas el cierre abierto y los sentidos dormidos, sólo corre hasta la sala pelirroja…

 

-Sólo corre como un loco hasta que tropieza…

Hondo respiro y clavo las carcomidas uñas en nuestras sábanas de abajo hasta que casi llego a cortarlas. Hondo alivio y poesía y el olor a jazmines que se cuela desde la terraza. Miro a la izquierda y la radio reloj marca las siete menos cuatro. Dios mío, gracias. Sólo un sueño dentro de otro sueño, otra vez.

Las siete menos uno y desenquisto la última uña. Te miro desde mis párpados aún incrédulos y nublados. Gozo. Roncas levemente: Amaré desde hoy esos ronquidos. Tu boca entreabierta emanando suspiros me recuerda los besos de anoche y la penumbra tibia en que celebramos nuestro primer año de bonanza. Andrés siempre fue un buen amigo para ambos. Desde la tarde en que llamó anunciando "recuerda presentarte en ropa formal, empezarías el lunes" las cosas no dejaron de mejorar. Ahora mismo tengo treinta minutos para cerrar la puerta, tomar el taxi y contener la alegría cuando el chofer me lance el primer comentario del clima o la bencina.

-Oye, despierta, amor. Amor despierta, me ducharé en la noche así que tengo siete minutos de ventaja. Por favor abrázame, te amo mucho. Eso, tienes los brazos calientitos, qué rico. Sí, amor, las siete con siete. Descansa hoy, iremos al cine. Sí, amor, sí. Sí, amor, otro sueño, tú sólo aprovéchate. Sí, mucha luz. Sí, era de día, pero mejor te cuento luego. Abrázame, agazápame, aprovéchate hoy, porque estoy feliz. No, no te preocupes, llamaré a la consulta y le diré que mañana. O pasado mañana. Hoy iremos al cine, dan esa película con Hillary Swank que se supone que está ambientada en Conce. ¡Pueblo bananero! Estos gringos se creen dueños del mundo y no saben nada. Sí, mucha luz. ¡Hasta fui una bala! Sí, una bala, mira qué ridículo.

Cuando se despegan ya son las siete y diez. O las ocho y diez (o las veinte y diez, qué diferencia hay). La radio reloj está descompuesta hace ya un año justo. Justo el mismo año en que comienza la bonanza. Porque bonanza es una linda palabra. Un buen eufemismo para olvidar los malos sueños, los lunes de siquiatra y las oficinas de nubes (nubes obesas y lluviosas), las muñecas de tibios abrazos de plástico y el espanto más diurno de todos: El miedo a la vida misma.

 

 

RESEÑA :

 

Andros, seudónimo de Rodrigo Vives Cruz, nacido en Concepción, de profesión publicista, prolífico y multifacético creador, poeta, narrador y fotógrafo.

 

 

 

 


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